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17 de septiembre de 2017

Análisis de la Odisea de Homero: algunas contradicciones

Análisis de la Odisea de Homero: algunas contradicciones

 La  Odisea se presenta como un canto  épico  entre tantos extraídos  del  amplio  repertorio  de la guerra  troyana.  El  relato  sobre  el  fin de Agamenón con el cual Zeus inicia la discusión entre los dioses, que decidirán autorizar la repatriación de  Odiseo,  resume sucesos que eran narrados en un poema del ciclo épico, los Retornos (Nostoi), que abarcaba también las aventuras  de  Menelao y de otros combatientes  de la guerra troyana. 


Pero este poema, que en sólo cinco libros relataba el retorno de muchos héroes, no podía compararse, por  la  riqueza del material y la complejidad de su estructura, con nuestra Odisea, que en veinticuatro libros narra los hechos de un solo héroe. Desde el primer verso ("Cuéntame del hombre rico en astucias...") la poesía de la Odisea se revela como esencialmente diferente de la observada  en la Ilíada. El tema ya no es una acción con muchos personajes, sino la historia de un personaje que pasa por muchas aventuras. El hombre situado  de esta manera directa en el  centro  de variados sucesos deberá surgir con una personalidad  más nítida que la de los personajes de la llíada, que eran guerreros puros.

Muchas referencias a la guerra pasada nos aseguran que este Odiseo es el mismo que hemos conocido  en Troya.  Pero sólo aquí se nos aparece con esas cualidades -astucia y tenacidad - que conservará en toda la literatura   posthomérica.   Es  por  esto  por lo que el guerrero de la Ilíada ha sido identificado con personajes poéticos muy diversos. Ante todo, ha asumido el papel,  propio del folklore de varios países,  del héroe al que se cree muerto,  después  de  una larga ausencia, pero que vuelve a su casa disfrazado, es reconocido por el hijo y finalmente se venga de los pretendientes de su mujer.

El tema del retorno aparece liberado  de los esquemas menos verosímiles del folklore y desarrollado en el marco de una comunidad -Ítaca-, descrita de una manera muy nítida y realista. En los cuatro primeros libros -la "Telemaquia", que son de origen relativamente tardío y en los que Odiseo todavía no aparece- se establecen firmemente los vínculos con el ciclo troyano, especialmente con las figuras de Néstor y Menelao.  

La sociedad pacífica que aquí se expone de manera completa, con todos sus encuadres actividades económicas, animales domésticos,  etc., también  está  gobernada  por un rey y una asamblea popular. Pero,  ese momento  es inestable, porque  el rey está  lejos y quizás ha muerto, la asamblea casi no  se reúne y  no tiene muchos  poderes. Mientras, un grupo bastante fuerte de privilegiados quiere que uno de los suyos despose  a  Penélope  y  suceda  a Odiseo.   A ellos se opone solamente la resistencia de Penélope  y  de  Telémaco,  quien  se hace adulto y revela una insospechada da energía.

El retorno y la venganza de Odiseo se relatan  de  una  manera  circunstanciada   y realista.  Odiseo demuestra paciencia -virtud insólita en un héroe épico- en su frecuentación del campo enemigo, en las alianzas realizadas con los modestos personajes que  le  han  permanecido  fieles  y  en  la elaboración de planes de acción.  
En esta tendencia realista, el poeta supera, aunque no del todo, el esquematismo del relato popular,  mediante  la linealidad de la trama y la contraposición neta del bien y el mal. En el folklore, los enemigos del que vuelve de la guerra son usurpadores y la justeza de su castigo está fuera de discusión.

 Homero nos presenta un grupo de aristócratas bastante pacientes -también ellos- que no sustituyen al señor ausente en sus funciones, sino que se limitan a darse buena vida en su casa; actitud que no es muy grave, porque la casa del señor es un lugar de representación semipúblico y abierto a los jefes menores de la comunidad. Por lo demás, piden solamente que se nombre un sucesor a Odiseo respetando todas las formalidades. Penélope y Telémaco, aunque molestos por la  insistencia y la poca urbanidad de los pretendientes, logran con éxito impedir toda usurpación irreparable.

Todo esto se explica en largas escenas de diálogos  y  asambleas,  en los  cuales  cada uno expone sus razones y de las que resulta  que  Odiseo,  cuando  reaparezca,  podrá hacerse restituir  sin dificultad, por el pueblo,  los  bienes  consumidos   ( XXIII  356-357) y además, los pretendientes estarán también dispuestos a entregarle amplias indemnizaciones (XXII 54-59) .

 Odiseo es juicioso y civilizado.  No  está movido  por un odio ciego y llega a pensar que alguno de los pretendientes merece el perdón; por ejemplo,   cuando   les   pide  para   ponerlos a  prueba  (XVII  360-368)  o  cuando  alaba  a  uno  de  ellos,  el  cortés  Anfinomos, y le  advierte que no  esté  con  los otros  en el momento de la venganza  ( XVIII  143- 156) . Pero más tarde los mata a todos. La conclusión es la de la fábula, que no prevé la reflexión ni  la evaluación de las culpas individuales.  Pero  después   de  la  matanza, el poeta  recuerda  que  en  un  mundo real los asesinados dejan a su vez vengadores, tanto que en el libro XXII  Odiseo, reducido a la defensiva,  toma  precauciones que quizás  no  bastarían  si,  finalmente,  en el último libro, Atenea no resolviese  todo con una  intervención  milagrosa.

Este último canto contiene también un resumen del poema que en dos puntos importantes contradice el curso real de los acontecimientos, es decir, contiene referencias a versiones  no  incorporadas  a  la Odisea.  En el Hades, el alma de uno de los pretendientes, Anfimedonte, relata lo sucedido a Agamenón. Durante la ausencia de Odiseo -le dice entre otras cosas ( XXIV 128-50 )-, Penélope prometió casarse nuevamente cuando hubiese terminado de  tejer  el sudario de Laertes; pero de noche deshacía el trabajo realizado durante el día, y  durante tres años engañó de este modo a los pretendientes. Estos descubrieron por fin  la treta y la obligaron a terminar la tela, pero justamente en  ese  momento  volvió  Odiseo. Se trata de otro motivo folklórico; una persona sobre la  cual pesa  una  amenaza  que se concretará al terminar cierto trabajo, deshace de noche lo que hace de día: finalmente se la descubre, pero en el momento supremo llega la salvación inesperada. En la Odisea, no se produce esta coincidencia maravillosa. Se cuenta la historia de  la  tela otras dos veces; la cuentan Antínoo II. 87- 110) y la misma Penélope (XIX, 1:37-1.56: en  ambos  casos  el  descubrimiento  del   engaño  se produce un poco antes de la llegada de Odiseo, y extrañamente los pretendiente no han obligado a Penélope a mantener su promesa. El poeta no quiso renunciar a este motivo, pero prefirió no  utilizarlo  en la trama.

Aufimedonte relata  también   ( XXIV-167-s.) que Penélope es incitada  por  Odiseo  a  proponer  la  prueba  del  arco  que  provoca   la matanza.  Homero,  en cambio,  había  dicho claramente  que  el  proyecto  fue  concebido exclusivamente   por   Penélope   (XIX   570- 581).   La   contradicción  sería  de  poca  importancia  si no pusiese en tela  de juicio  un momento  fundamental de todo el poema:  el del  reconocimiento  de  Odiseo  y  Penélope. En  nuestro  poema,  éste se produce al final, en  el  libro  XXIII.   Para  Anfimedonte  evidentemente   se  ha   producido antes de   la prueba  del  arco:  el poeta  que compuso  su narración  tenía  en  mente  otra  versión,  en la  cual  se  anticipaba  el  reconocimiento  y los  dos  esposos  actuaban  de  común  acuerdo.  Algunos  pasajes  del poema revelan,  en realidad,  que  Homero  conocía  esta versión pero  quiso retardar  el reconocimiento  hasta lo último.

Ya en el libro XVIII Atenea inspira a Penélope la idea de presentarse con todo su encanto ante los pretendientes y de halagarlos mostrándose dispuesta a casarse nuevamente, a fin de "ser honrada ante el esposo y el hijo más de lo que lo  había sido antes" (v. 161 ag.). Cuando ella halaga a los pretendientes, Odiseo la oye y en realidad, experimenta gran alegría. Sin embargo, no puede conocer las verdaderas intenciones de Penélope y no tendría por qué alegrarse. En esta escena,  se supone que el reconocimiento ya se ha producido y que la aparición de Penélope fue concertada entre ambos.

En el libro siguiente, el desconocido Odiseo, que debe ser lavado por una criada, pide a Penélope que lo haga  una  mujer vieja y fiel: la elección  no  puede  recaer sino sobre Euriclea, la única criada que puede reconocerlo y que lo reconocerá con certeza porque lleva sobre la pierna una cicatriz inconfundible. Aquí Odiseo parece decidido a darse a conocer; sin embargo, durante el lavado de los pies vuelve la cabeza hacia la sombra, aunque inútilmente, para que no se lo reconozca ( XIX 389-391) . Esta escena, contradictoria por lo demás, difícilmente puede haber sido compuesta para un personaje modesto como Euriclea. También aquí, la intención de dejar a Odiseo en el incógnito hasta el final se superpone a una trama que llevaba al reconocimiento precoz.

Cuando luego Penélope anuncia al marido desconocido  que propondrá  a  los  pretendientes la prueba del arco para decidir con quien volverá a casarse (IX 570-581), Odiseo  debería   pensar   que  ella  quiere   realmente  ceder,   pero la   estimula  a  realizar   el plan y tiene buenos motivos para hacerlo, pero  no  tendría  mucho  de  qué  alegrarse al ver que justamente entonces Penélope ha renunciado a la esperanza de volver a verlo y  abandona la resistencia.  Todo sería más simple si los dos actuasen de común acuerdo, como cree recordar Anfimedonte en el último libro; pero al retardar el reconocimiento, el único pretexto para introducir la iniciativa de Penélope, la decisión de volver a casarse, es justamente lo que más debería disgustar a Odiseo.  También aquí se obtiene un resultado poético con un pequeño renunciamiento al rigor lógico.

A través de estos indicios podemos sorprender a Homero en su trabajo de elección y combinación de  materiales  preexistentes. Más que censurar las incongruencias, sólo reconocibles en un examen muy atento, conviene admirar la sustancial unidad poética de la Odisea. La originalidad de Homero aparece sobre todo en estas partes que hemos examinado, en el retorno y la venganza, unidas  al ambiente real del palacio de Ítaca, pero también en las peregrinaciones de los libros V-XIII pues, aunque fabulosas, son vividas y observadas con el mismo  espíritu  crítico.

La fusión de  materiales  tan  heterogéneos se obtiene, ante todo, gracias al valioso instrumento de la lengua y de la técnica épica, capaz de refundir y asimilar en la familiar atmósfera heroica hasta lo inaudito y fantástico. Epítetos y fórmulas que  se aplicaban antes al ambiente limitado de la guerra de Troya valen ahora, con pocas modificaciones, para un mundo encantado que se extiende hasta la ultratumba.  Los gigantes, los magos y los hados, que hablan el lenguaje de  Aquiles y de Héctor, parecen remotos, pero no totalmente extraños a la realidad y a la historia.

Además, al exponer diversos sucesos que se desarrollan en todos los niveles de la vida humana, desde las cortes principescas hasta los antros de los monstruos y las chozas de los porquerizos y pastores, el poeta no sólo refleja una realidad más diferenciada de aquella encerrada en la lejana llanura de Troya, sino que también multiplica las referencias a la vida cotidiana que tiene ante sus ojos.  Las  famosas  comparaciones,  que en la Ilíada suministran algunos  atisbos sobre la existencia cotidiana, en la Odisea son mucho más raras, como  si el nuevo poeta sintiese en menor grado la necesidad de introducir estas pausas descriptivas en un relato que  no ignora los espectáculos de la naturaleza y las fatigas de los seres humildes.

 Odiseo

Si la fama de Odiseo y su anterior actividad de combatiente en Troya garantizan la existencia casi  histórica   del  protagonista,   sus viajes por mar, que parecen una pura evasión hacia la fantasía, sirven para desvincular al personaje de los presupuestos rígidos y arcaicos de la tradición iliádica y para enriquecerlo humanamente, introduciéndolo en  una  esfera ideal pero existente,  que tiene sus  bases tanto en el folklore como  en la civilización contemporánea. El resultado es un Odiseo movido por estímulos interiores más complejos que los que guiaban a los héroes de la Ilíada.

La curiosidad, la astucia, la audacia, la prudencia que se perfeccionan frente a hechos nuevos, imprevisibles y más inquietantes que la aparición directa del enemigo en armas  en  el  campo  de  batalla,  han  sido atribuidas con razón  a las actitudes de los griegos que, desde el siglo VIII a.C. en adelante,  partieron de  la  madre  patria  hacia todas direcciones para buscar posibilidades comerciales y sobre todo, nuevas sedes para fundar colonias. Pero ya en su patria, mirando a su alrededor y meditando sobre sí mismos, los griegos debían desarrollar la curiosidad, el gusto o el temor por lo nuevo, y pensar métodos para afrontar situaciones insólitas y sorprendentes. Las relaciones sociales se complicaban, mientras que los horizontes geográficos se ampliaban. Para moverse con un mínimo de seguridad era menester poseer una naturaleza "versátil" y  "paciente".
No se está seguro de encontrar en el prójimo la imagen de sí mismo. Frente al desconocido, y también frente al pariente y al amigo, es necesario primero indagar con cautela y no descubrirse de inmediato. La audacia y la astucia controladas por la prudencia nacen de un sentido fundamental de inseguridad. No se está seguro ni de sí mismo. Telémaco sabe que es el infeliz hijo de un desventurado. Quisiera alcanzar la felicidad familiar, y en este deseo llega a poner en duda su nacimiento, como en un intento de liberarse de su condición; a Atenea  que, bajo  el  aspecto  de  Mentes,  le pregunta si es realmente el hijo de Odisea, responde   (Od.  1 214-218):

También yo, ¡oh huésped!, te responderé con sinceridad.
M i madre dice que lo soy, pero yo no lo sé. Nadie puede conocer su linaje por sí mismo.
¡Ojalá  fuese  hijo  feliz de un hombre que envejeciese rodeado de sus riquezas!

Odiseo emplea tanta sagacidad, diplomacia y humildad simulada en ocultar su identidad que cuesta reconocer en  él a uno  de los impulsivos héroes de la Ilíada. El arte de la ficción se convierte en un refinado juego humorístico  en el encuentro con Eumeo (Libro XIV ) . Odiseo, falso mendigo, anuncia vagamente al porquero que quizá podrá darle noticias de su patrón, es decir, de sí mismo.

Numeo responde inmediatamente que no acepta estas noticias, pues ya han pasado por  Ítaca muchos embusteros. Odisea insiste y acicatea la curiosidad del porquero con algunas alusiones a la venganza próxima, pero el otro lo invita a cambiar de tema . Odiseo improvisa uno de sus relatos falsos y agrega hábilmente las noticias no solicitadas sobre sí mismo, noticias también  falsas.   Numeo  se  siente  conmovido por el relato, pero rechaza  su última  parte. La riña continúa hasta que Odiseo, con otro relato  bélico  del  cual  es  protagonista  él mismo, logra astutamente hacerse  dar  una capa.  Pero  Eumeo le advierte que deberá restituirla al día  siguiente.


Esta actitud compleja, hecha de circunspección y de cautela unida a la osadía, en la defensa de los propios intereses, es una virtud del hombre que vive en la edad incierta del pasaje de la democracia primitiva al Estado político aristocrático. En sus nuevas formas de solidaridad, este Estado garantiza más autonomía y libertad a los individuos, al menos a los que tienen éxito, pero al mismo tiempo los  aísla  y los  enfrenta. Si antes, en las condiciones del medioevo helénico, cada uno se hallaba incorporado por nacimiento a un sistema relativamente simple y estable de relaciones gentilicias, en el cual cada grupo actuaba frente al exterior como una unidad compacta, ahora, antes que la aristocracia se organice sólidamente en clase dominante , el individuo debe tratar por sí mismo de construir o mantener  su  sistema  de relaciones.
La poesía épica está a punto de convertirse en un medio anacrónico de  entretenimiento.   En  todo caso,  sus relatos  parecen  demasiado unidos a un pasado que es un puro y vago recuerdo.  La Odisea, con su aparente evasión  al mundo  de la fábula  y  su efectiva adecuación  al espíritu contemporáneo, roza  ya  las posibilidades extremas de una épica moderna.  Con el surgimiento del individuo dedicado a desarrollar su  iniciativa  en  una  época  de rápido  progreso,  el mismo oficio de poeta debe renovarse.  La poesía  épica era  elaborada por la  corporación de los aedas para  un  público estable, y se la trasmitía en medio de una sociedad que se  transformaba  con  lentitud.
Con Homero y con la forma del gran poema, ha llegado a una síntesis grandiosa, pero también a su punto final. Ahora el poeta se convierte en un creador autónomo, su mundo es efímero y su público mutable. Se inspira en lo ocasional para fijar algunas imágenes del presente  que fluye

FUENTE: Los hombres de la Historia Nº 12, Fausto Codimo, Ceal, Buenos Aires, 1968.

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