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27 de agosto de 2017

EGIPTO: Resumen y desarrollo de su historia y su cultura



Síntesis:
En la historia de la humanidad, Egipto ocupa un lugar destacadísimo. Su suelo ha sido cuna de una de las civilizaciones más antiguas del mundo, y en cierta época fue asiento del pueblo más poderoso de la tierra. Aún hoy día, los antiguos egipcios continúan maravillando al mundo por la grandio­sidad y armonía de las ruinas de sus colosales construcciones.

EL PAÍS
Egipto sería un completo desierto si no fuera por el Nilo, que lo atraviesa de sur a norte y convierte al valle por donde corre en una tierra fértilísima. Su sistema de crecientes periódicas y su abundante red de canales permite en sus orillas toda clase de cultivos. Todo Egipto vive del Nilo.
EL PUEBLO
Los egipcios pertenecen a la raza camita, de piel oscura, mezclados con tribus semitas venidas de Arabia. Su historia es la más antigua de la humanidad, ya que se remonta al año -3500.

Egipto fue gobernado por 26 Dinastías de faraones y su época más gloriosa corresponde ai Nuevo Imperio Tebano, entre los anos —1500 y — 1000. Sus principales reyes fueron Tutmés III el Conquistador, Amenofis III el Magnífico, y sobre todo Ramsés II, el más glorioso de todos.
Posteriormente Egipto entró en decadencia y hacia — 525 perdió su inde­pendencia pasando a poder de Persia, luego de Alejandro Magno y final­mente de Roma.
LA CULTURA
Fue una de las más brillantes de la antigüedad. Los egipcios se desta­caron sobre todo en Arquitectura y Escultura. Muchas de sus construccio­nes se cuentan entre las "maravillas del mundo", entre ellas, las Grandes Pirámides, los Templos de Karnak y Luksor, la Esfinge, y los Colosos, es decir, las estatuas gigantescas de sus faraones.
  Los egipcios eran politeístas. La divinidad principal era Amón, el sol, al que asociaban tríadas, como la de Osiris, Isis y Horus. Adoraban ade­más al faraón y también a varias clases de animales, entre los que des­collaba el "Buey Apis". Poseían muy desarrollado el "culto de los muer­tos", que los llevaba a embalsamar los cadáveres con una técnica muy notable.
  Su ciencia fue considerable, principalmente en astronomía y en lo referente al cálculo de sus construcciones.
  Su escritura jeroglífica es una de las más antiguas y complicadas. Hoy se la puede leer gracias al arqueólogo francés Champollion que logró descifrarla.
SU LEGADO
los egipcios no mezquinaron su cultura. Todos sus adelantos fueron transmitidos a los pueblos vecinos y por ellos han llegado a nosotros.
 DESARROLLO: 
I. El País: El Nilo
II. El Pueblo:   Períodos
 Tinita
Menfita
Tébano (antiguo)
Tébano (nuevo)
 Saíta
Dominio extranjero
III. La Cultura:   • Gobierno:   El Faraón
•  Clases Sociales
  Religión: dioses: Buey Apis
Culto a los muertos: embalsama­miento
  Artes: Arquitectura: templos
tumbas: mastabas, pi­rámides, hipogeos
Escultura: Colosos
Pintura
Ciencias: Matemáticas , Astronomía, Física , Química , Medicina
Literatura
Escritura: Jeroglíficos


I.   El País
Puede decirse que Egipto no es sino un inmenso oasis de más de 1.000 kilómetros de largo y 40 de ancho; en efecto, enclavado en el ángulo nordeste del continente africano, no sería nada más que un pedregoso desierto, continuación del Sahara y de la Arabia; sin em­bargo, el río Nilo que lo atraviesa en toda su longitud, de sur a norte, lo convierte en un fértilísimo valle.
Este río, uno de los más grandes de todos los conocidos en el mundo antiguo, tiene sus fuentes en el corazón de África, en la región de los grandes lagos Alberto y Victoria y luego de bañar toda la zona ecuatorial africana, formando numerosos saltos y cataratas, penetra en Egipto. Allí corre encajonado entre dos cadenas de montañas, la Líbica y la Arábiga: es el Alto Egipto.
Luego, al llegar el Nilo cerca de la ciudad de Menfis, se divide en 7 brazos principales formando su famoso Delta, de unos 100 km de largo y 500 de ancho: es el Bajo Egipto, región muy fértil, de clima cálido y húmedo, y surcada de innumerables canales.
Finalmente, y tras haber recorrido más de 6.500 km, el Nilo vuelca su voluminoso caudal de unos 13.000 m3 por segundo en el Mar Me­diterráneo.
Herodoto, famoso historiador griego del siglo V antes de Cristo afirmaba: "Egipto es un regalo del Nilo." En efecto, si hay vida y riquezas en este país, ello se debe al extraordinario sistema de las crecientes periódicas de su río.
Cada año, apenas comienzan las grandes lluvias del verano en el centro del África, y el deshielo en los montes de Abisinia, el Nilo co­mienza a elevar rápidamente su nivel arrastrando consigo un manto de humus y de sustancias fertilizantes formadas por restos de plantas en descomposición. Al aumentar la creciente, el Nilo se desborda y cubre todo el valle durante los meses de julio y agosto. Luego en los tres meses siguientes las aguas se van retirando poco a poco, dejando toda la región cubierta de una riquísima capa de limo negro.
Inmediatamente se procede a la siembra, y cuatro meses después se cosecha. Si la creciente ha sido muy buena, puede efectuarse una segunda siembra. Los antiguos egipcios, que ignoraban las causas de estas crecientes periódicas, creían que el Nilo bajaba del cielo a causa de sus nume­rosas cataratas y le rendían culto como si fuera dios; durante la época de la creciente se entregaban a la oración y a fiestas religiosas en reco­nocimiento de su divinidad.

ORIGEN
El origen del pueblo egipcio se remonta a la prehistoria. Probable­mente los primeros hombres llegados al valle del Nilo fueron pastores de raza canuta, de piel morena, venidos de Libia y de Numidia hacia el año -6.000.
A ellos se agregaron otras tribus camitas, de piel negra, venidos de Abisinia. Posteriormente llegaron de Arabia tribus semitas, de piel blanca. La fusión y mezcla de estas tres razas constituyó el pueblo egipcio.
Estos primeros habitantes eran nómadas, y vivían agrupados en clanes, es decir, grupos de personas descendientes de un mismo ante­pasado. Una vez radicados definitivamente a orillas del Nilo, y ante la necesidad de organizarse para el mejor aprovechamiento del río, se reunieron varios clanes vecinos constituyendo principados indepen­dientes llamados "nomos". Estos pequeños Estados fueron confederán­dose a su vez, y se formaron así los dos reinos del Alto y del Bajo Egipto. Posteriormente, con la unificación de ambos reinos, comienza la historia de Egipto, la cual se desarrolla en los siguientes períodos:

 Imperio TINITA. El autor de esta unificación es el caudillo mili­tar Menes. Hacia el año — 3.500 se proclama Faraón de todo el Egipto y se corona con el Pchent, combinación formada con la corona blanca del Sur, y la roja del Norte. Establece la capital del país en Tinis y da comienzo a la 1ª dinastía. Durante su reinado y el de sus sucesores, Egipto consolida su unidad y se organiza políticamente.

Imperio MENFITA. Hacia el año 3.000, el faraón Zezer funda­dor de la 3ª dinastía, traslada la capital a Menfis y da comienzo a un período de gran esplendor. El poderío de Egipto comienza a ex­pandirse hacia los países vecinos. Es también la época de las construc­ciones monumentales: los monarcas de la 4ª dinastía, Keops, Kefrén y Micerinos perpetúan su memoria con la construcción de las Grandes Pirámides y la Esfinge de Gizeh.
Con todo, con los faraones de la 9ª y 10ª dinastías sobrevienen las primeras invasiones extranjeras de tribus libias, provocando un pe­ríodo de anarquía militar.

Antiguo Imperio TEBANO. Ante la naciente decadencia, príncipes tebanos se sublevan, y hacia el año —2.100, logran apropiarse del poder. Trasladan la capital a Tebas y dan comienzo a un período de reorganización y fortalecimiento bajo los faraones de las dinas­tías 11ª y 17ª.
Así, el faraón Amenemat III manda cavar el lago artificial Meris, y ordena la construcción del Laberinto, de los Colosos de Memnón y del Serapcum. Lamentablemente este progreso fue detenido por un grave acontecimiento.

Hacia el año —1700 un conglomerado de feroces guerreros avanza desde el Asia Menor y sojuzga a Egipto por 200 años. Los egipcios los denominaron despectivamente "hicsos", es decir, reyes pastores, por su primitiva condición de nómadas. Eran tribus semitas provenientes de la Mesopotamia, y expulsados de allí por las gigantescas invasiones arias del 2º milenio antes de Cristo. Traían consigo caballos y armas de hierro, y con estos elementos des­conocidos hasta entonces en Egipto, pronto dominaron todo el país. Las inscripciones egipcias, aún nos hablan de su rapiña y ferocidad.  Durante el dominio de los hicsos se establecieron en Egipto nume­rosas tribus extranjeras, y entre ellas llegan Jacob con sus hijos —se­mitas ellos también—, los cuales al poco tiempo constituirán la prolífica nación hebrea.
Nuevo Imperio TEBANO. La nobleza egipcia que había sopor­tado de mala gana el dominio de los hicsos promovió una sublevación sangrienta. Hacia el año -1.500, príncipes tebanos logran expulsar a los invasores e inician el período de mayor esplendor y predominio egipcio. Durante 4 siglos Egipto será el país más poderoso del mundo. Entre todos los faraones de las tres únicas dinastías que se suceden en el trono durante esta etapa, merecen destacarse:
Tutmés 1: expulsa definitivamente a los hicsos y lleva las fronteras de Egipto hasta la Siria.
Hachepsut: su hija, gobernó el país durante 20 años con mano de hierro. A ella se debe igualmente la construcción de grandiosos templos.
Tutmés III: su esposo y sucesor. Se lo ha apodado el "Napoleón egipcio". Emprendió 17 campañas extendiendo su dominio hasta el Éufrates, y por el sur hasta Abisinia.
Amenofis IV, "el Magnífico": monarca refinado, amante de las fastuosas obras. A él se deben maravillosas construcciones de Lucor y Kamaks. Durante su gobierno el culto a Amón logra el apogeo de la opulencia.
Amenofis IV: disgustado por los excesos religiosos anteriores prohíbe la adoración de los ídolos. Aconsejado por su esposa la reina Nefertiti, im­planta en Egipto el monoteísmo, con la adoración a Atón, el dios sol. Por sus ideas espiritualistas se lo ha considerado "el genio más notable entre los orientales".
Tutankomón: su yerno y sucesor, joven de 22 años, destruyó la obra de su suegro restableciendo los antiguos cultos. Se ha hecho célebre por ha­berse hallado intacto su sarcófago rodeado de innumerables riquezas, en el año 1922.
Ramsés II: fue el más glorioso de todos los faraones. Reinó 67 años y bajo su mando Egipto logró el más alto apogeo de su historia. Todos los países del Cercano Oriente y del Este africano eran sus aliados o le rendían vasallaje. No hay ciudad en el país que no posea monumentos en memoria de sus victorias. Sin embargo, se supone que no le pertenecen todas las obras que se le atribuyen, sino que deben repartirse con varios otros reyes an­teriores. A su muerte, sus sucesores denominados "los ramesidas" no logran con­servar el gran poderío alcanzado.

Imperio SAITA: decadencia y dominación extranjera. La gran pros­peridad alcanzada por Egipto le atrajo numerosas expediciones de pue­blos vecinos ávidos de conquista. Primeramente fueron los aqueos y otros pueblos del Asia Menor a los que se llamaba "Pueblos del Mar". Ramsés III logró finalmente re­chazarlos pero a costa de grandes pérdidas.
Poco después se desata la anarquía entre los jefes militares y los etíopes penetran por el sur del país apoderándose de una parte del territorio. Aprovechando este desorden, Asaradón, rey de Asiría, logra invadir y dominar todo Egipto. Poco después, el faraón Psamético I consigue expulsar a los asirios e inicia un último y corto período de esplendor. Su hijo Necao II continuó su obra, y relacionándose con griegos y fenicios, dio un gran impulso al comercio.
Además, comenzó la construcción de un canal que debía unir el Nilo con el Mar Rojo; en la ejecución de esta obra, marinos fenicios par­tiendo del Mar Rojo llegaron a la desembocadura del Nilo, luego de costear todo el continente africano. Sin embargo, no logró este joven fa­raón mantener el poderío egipcio. En el año — 605 Nabucodònosor, rey de Babilonia, lo derrota y se apodera de una parte del país.
Finalmente, bajo el faraón Psamético III, los persas, al mando de Cambises, hijo del gran rey Ciro, concluyeron con la independencia de Egipto, en el año — 525.
Durante más de dos siglos Egipto perteneció a Persia. En el año — 333, Alejandro Magno penetra en el Valle del Nilo, anexa el país a su imperio, y funda Alejandría, su nueva capital.
A su muerte, uno de sus lugartenientes el general Ptolomeo, inicia su célebre dinastía, durante la cual Alejandría se convirtió en el centro de la cultura de todo el Oriente. El faraón Ptolomeo XIII interviene en las luchas civiles de Roma, y al declararse enemigo de Julio César, es destituido y reemplazado por su hermana Cleopatra. Casada poco después esta reina con Antonio, el héroe romano, entran en conflicto con Octavio Augusto, quien los derrota en el año — 30 en la célebre batalla de Accio. Desde entonces Egipto se convirtió definitivamente en Provincia Romana.

III.   La Cultura

En medio de todas las vicisitudes de su historia, Egipto sufrió las inevitables consecuencias del dominio de los extranjeros. Pero ellos, a su vez, recibieron con agrado el influjo de la gran civilización egip­cia. Los sucesivos conquistadores del Nilo —asirios, persas, griegos y romanos— asimilaron sus adelantos, principalmente científicos, incor­porándolos a sus respectivas culturas.

Gobierno:
El régimen de gobierno egipcio era Monárquico: el rey se llamaba "Faraón" (Gran Señor) y su poder era hereditario.
 Teocrático: era considerado dios, hijo y encarnación de Rha, el dios sol. Tanto en vida como a su muerte, se le rendían honores divinos. Una muy numerosa e influyente casta sacerdotal rodeaba al faraón y lo asesoraba en sus funciones religiosas y de gobierno.
Absoluto: El faraón detentaba la suma autoridad. Todos los funcionarios del país no eran sino sus representantes y ciegos ejecutores de sus órdenes. La vida del faraón transcurría en un suntuoso palacio rodeado de una numerosísima corte y llevando una existencia totalmente regida por un severo ceremonial. En los días de mayor solemnidad se mostraba al pueblo en medio de su más brillante pompa.

­ Justicia:
Era ejercida en nombre del faraón por un Supremo Tribunal de 30 sacerdotes jefes de las comunidades religiosas de Tebas y Menfis y de acuerdo a códigos secretos, sólo conocidos de los jueces. Las sen­tencias, en general justas y benignas, consistían en multas, prisión, azotes, amputaciones y hasta pena de muerte. Los principales delitos per­seguidos eran el homicidio, la calumnia, la falsificación y el adulterio. Las leyes contra los ladrones eran muy benignas, y por temor a la venganza de los bandidos y violadores de tumbas, sólo se pronunciaba contra estos últimos, sentencia de castigos morales.

Clases sociales:
Aunque en Egipto no existían las castas que encontramos en otros pueblos, había con todo, grandes diferencias sociales. Una minoría de la población constituía la Clase alta, la cual estaba compuesta de:
Nobles, emparentados con los faraones y gobernantes.
Sacerdotes, de gran prestigio y autoridad, pues poseían los secretos de la ciencia, y eran además los administradores de las inmensas ri­quezas de los templos. En ciertas épocas se constituyeron en los ver­daderos gobernantes del país.
 Militares: aunque los egipcios carecían de espíritu guerrero, de­bieron organizar y mantener potentes ejércitos para defenderse de los vecinos. Los jefes del ejército participaban de todos los privilegios de los nobles.
Escribas: constituían una muy importante categoría de funciona­rios. Como conocían los secretos de la escritura, eran los agentes indispensables para asegurar el trabajo del pueblo: ejercían el comercio, cobraban los impuestos, vigilaban las construcciones y en general es­taban al frente de toda la vida del país. Las pinturas nos representan a los escribas casi siempre ayudados en sus funciones por una turba de esclavos negros armados de látigos y azotes.
La Clase Inferior estaba compuesta por los artesanos, mercaderes y pastores. Una categoría aún más baja la formaban los esclavos; casi un tercio de la población componían esta clase, por ser extranjeros, o prisioneros, o en castigo de deudas.

Caracteres populares:
Las pinturas murales nos indican que los antiguos egipcios eran altos, esbeltos, de hombros anchos y miembros finos y largos. La ex­presión de su fisonomía dulce y bondadosa nos revela su carácter pací­fico y muy inclinados a la religiosidad y a la vida hogareña.
Sus costumbres eran sencillas y frugales. Los hombres de elevada condición vestían una túnica de lino de anchas mangas y con orlas teñidas. El pueblo se contentaba con una tela ceñida a la cintura y que llegaba hasta la rodilla. Las mujeres usaban largas faldas estrechas y sostenidas con breteles. Tanto los hombres como las mujeres se pin­taban los párpados y contornos de los ojos con antimonio para evitar la irritación producida por la excesiva reverberación solar.


Religión:
En sus comienzos el pueblo egipcio fue monoteísta, es decir ado­rador de un dios único. Al mismo tiempo, cada "nomo" reverenciaba un animal o una planta, que venía a ser el emblema de la tribu y por medio del cual se creían ligados a la divinidad. Pero con el transcurso del tiempo el pueblo fue adorando estos emblemas o "totems", de modo que a principios del Imperio Tinita, en Egipto reinaba el más grosero politeísmo: leones, cocodrilos, bueyes, gavilanes, gatos, chaca­les, escarabajos, y hasta ciertas hortalizas fueron adorados y conside­rados como encarnaciones de la divinidad. Así Herodoto pudo afirmar que los egipcios eran el pueblo más religioso del mundo. "Hasta en sus huertos y granjas les nacen dioses", afirmaba con ironía.
Entre todos estos dioses, el más popular y de culto más extendido, fue sin duda alguna el Buey Apis, a quien se suponía encarnación de Osiris. Para poder ser elegido, este buey debía ser negro, con ciertas man­chas blancas en la cabeza, en el lomo y en la lengua, semejantes a es­carabajos o alas de águila. Cuando aparecía un animal con estas carac­terísticas, todo Egipto vibraba de entusiasmo: era Osiris que bajaba a la tierra a proteger a su pueblo. Se trasladaba al buey en una barca dorada, y se lo instalaba en el Templo Nacional de Menfis, rodeado de una brillantísima corte de sacerdotes. En los días más solemnes se lo exponía a la veneración pública, y de todo Egipto acudía el pueblo a rendirle adoración. El Buey Apis no podía pasar de los 25 años. Llegado a esa edad, era ahogado con perfumes en una fuente sagrada. Luego se lo embalsamaba y se lo sepultaba en el "Serapeum" o tumba de los dioses. A partir de entonces, todo Egipto quedaba sumido en luto hasta la aparición de otro Buey Apis.
Las clases superiores egipcias continuaron siempre siendo mono­teístas. Adoraban a un Ser Supremo, el Sol, creador de todas las cosas, y que recibía distintos nombres según la ciudad: Amón, Rha y Ptah, en Abidos, Menfis y Tebas, respectivamente. Pero para el pueblo, eran dioses distintos y hasta rivales. La creencia popular los imaginaba vi­viendo en familia, con una mujer y un hijo, formando así las "tríadas" o trinidades de dioses.
En Tebas, esta trinidad estaba formada por Amón, Muth y Chons.
En Menfis, se llamaba Ptah, Seket e Imuthes.
En Abidos, la formaban Osiris, Isis y Horus.
Esta última trinidad fue la más popular y su culto se extendió por todo Egipto.

Mito de Osiris. Cuentan las antiguas leyendas que Osiris, sabio rey de Egipto, fue asesinado por su hermano Scth, rey de las Tinieblas. Isis, esposa de Osiris, logra recoger sus restos, llora copiosamente sobre ellos y encarga a su hijo Horus que vengue su muerte. Tras un rudo combate, Scth es derrotado y encadenado en el desierto, mientras Osiris resucita y recobra el poder de manos de su hijo.
En este mito, Osiris personifica al Sol que cada día es vencido por Seth, el dios de la noche. Isis es la diosa del Nilo y con sus llantos provoca las crecientes periódicas. Horus es el Amanecer que vence a la Noche y sólo se inclina ante el Sol, su padre. Esta leyenda que proporcionaba a los egipcios una explicación mítica sobre la sucesión de los días y de las noches, así como a las periódicas crecientes del Nilo, era recordada anualmente en todo el país con solemnísimas fiestas.
Culto a los Muertos. Los egipcios creían en la inmortalidad del alma como en la eternidad de las recompensas y castigos de la otra vida. Creían que el alma, apenas salida del cuerpo se presentaba ante Osiris y su Tribunal integrado por 42 jueces, y allí rendía un examen sobre su vida, de acuerdo a un formulario contenido en el "Libro de los Muertos". En caso de aprobar su examen, viviría eternamente junto al dios. En caso contrario sufriría tormentos eternos.
Por ello todo egipcio se preocupaba por aprender de memoria su defensa ante el Supremo Tribunal: las fórmulas sagradas eran deposi­tadas junto al cadáver, e incluso se las recordaba leyéndoselas al oído durante los funerales.
Pero al mismo tiempo creían que el alma sólo podía descansar en paz si el cuerpo se conservaba en la sepultura. De modo que para evitar la destrucción de los cadáveres, procedían a su embalsamamiento.
Por ello adquirieron los egipcios una gran pericia y maestría, y sus secretos aún nos son desconocidos. Los embalsamadores formaban una clase social separada de las demás, ya que se los consideraba impuros, aunque sus servicios eran necesarios.
Los embalsamamientos eran de diversas clases, según la fortuna de los interesados. Los más costosos consistían en la extracción del cerebro mediante ganchos que se introducían por la nariz; las vísceras eran quitadas mediante cortes practicados en el abdomen. Luego se relle­naban el cráneo y el vientre con sustancias aromáticas de composición secreta, se practicaban las costuras necesarias y se colocaba el cadá­ver en sal durante 60 días. A continuación y ya casi momificado, se lo lavaba y fajaba con telas engomadas y se lo depositaba en un doble ataúd de madera ricamente adornado con pinturas y jeroglíficos y en cuya superficie se reproducía la cara del difunto. Así era entregada a la familia para proceder a su sepelio.
Este método de embalsamamiento, así como también otros menos caros y más simples, han sido muy eficaces para conservar hasta nues­tros días las numerosas momias egipcias que se hallan expuestas en los diversos museos del mundo.

Arte.
A pesar de las múltiples variaciones y continuos enriquecimientos registrados en el transcurso de los siglos, puede afirmarse que algunas características del arte egipcio han permanecido inmutables. Entre ellas, la afición al empleo de las grandes masas y de las proporciones gigantescas, el predominio de la línea recta y la maravillosa solidez de sus construcciones.
• Arquitectura. — Las más grandiosas y monumentales construcciones del mundo antiguo se hallan en Egipto. Entre ellas son dignos de mención sus monumentos Funerarios y sus Templos.
Tumbas: Al principio, los egipcios enterraban sus difuntos en la arena, en sencillos féretros de madera. Como ello no era suficiente para lograr la conservación de los cadáveres, fueron protegiéndolos con edificios cada vez más grandiosos, entre los cuales se destacaban:
Las mastabas: Simples construcciones de forma rectangular, hechas con piedra lisa y sin mayores adornos. En un rincón de la misma se hallaba una lápida grabada, la que cerraba la boca de un profundo pozo lleno de piedras y de arena. En su fondo se encontraba la cámara funeraria-, con el ataúd, rodeado de diversos objetos.

Las pirámides: Como las mastabas no protegían a los difuntos de la codicia de los bandidos, los egipcios idearon construcciones cada vez más grandiosas y seguras. Así construyeron las pirámides, de las que aún se conservan más de un centenar. Algunas entre ellas nos ma­ravillan por su grandiosidad y han sido consideradas siempre como el prototipo de las más gigantescas obras humanas. Entre todas, sobre­salen las construidas por los faraones de la 4ª dinastía: la Gran Pirá­mide, de Keops, de 150 metros de altura; la de Kefrén, de 135, y la de Micerinos, de 65.
La Gran Pirámide tardó 30 años en construirse, y durante todo ese tiempo trabajaron en ella más de 100.000 hombres, reclutados entre los esclavos y los prisioneros de guerra. Las canteras de Arabia y de Libia proveyeron la abundante piedra: más de dos millones y medio de metros cúbicos.
Sus aristas están perfectamente orientadas hacia los puntos cardi­nales y de acuerdo a ciertas fórmulas cosmográficas, lo que hace supo­ner que al mismo tiempo que tumba, la Pirámide servía de observa­torio astronómico. En su interior hay un verdadero laberinto de cá­maras y galerías, muchas de ellas construidas para desorientar a los ladrones; y todas, ricamente adornadas con pinturas y obras de arte.

Los hipogeos: Tampoco las pirámides protegieron del asalto de los ladrones los restos de los faraones. Por ello, a partir de la 6ª dinastía se comenzó la construcción de tumbas subterráneas (hipogeos), exca­vadas en las laderas de las montañas y en lugares de difícil acceso. Eran inmensas galerías —algunas de más de 100 metros— abiertas en la roca y que conducían a suntuosas cámaras fúnebres, sostenidas por columnas, e igualmente recubiertas de pinturas y bajorrelieves con esce­nas de la vida del difunto. En las numerosas antesalas que las precedían se depositaban las provisiones y objetos de valor. Luego se disi­mulaba y tapiaba la entrada de la tumba con grandes rocas.
Un interesantísimo conjunto de hipogeos construidos por los faraones de la 18ª dinastía fueron descubiertos recientemente en las montañas cercanas de Tebas, en el lugar llamado desde entonces "Valle de los Reyes". Entre ellos, se ha hecho famoso el hipogeo de Tutankamón, por haber sido encontrado casi intacto en 1922, por el arqueólogo Howard Cárter.
Templos: Son igualmente famosos por su solidez y dimensiones, así como por la perfecta armonía de sus líneas. Todas las ciudades egipcias poseían sus templos; pero los más famosos son los de Luksor y Karnac, construidos en las afueras de Tebas, en honor de Amónj y enriquecidos espléndidamente por todos los faraones.
La distribución de los templos egipcios era, en general, muy pare­cida: se llegaba a ellos por una amplia avenida bordeada de esfinges, es decir, de estatuas de animales con cabeza de hombres. Al término de la avenida estaba la entrada, formada por dos grandes torreones en forma de pirámide truncada y paredes totalmente cubiertas de ins­cripciones y jeroglíficos. Junto a estos baluartes, a ambos lados de la puerta, solía haber dos estatuas colosales del faraón constructor del templo, así como también dos obeliscos de una sola pieza y totalmente grabados.
Franqueada la entrada se llegaba a un patio interior rodeado por galerías cubiertas con tejado sostenido por columnas. A continuación estaba el templo propiamente dicho y que comprendía:
La Sala Hipóstila: Amplísima cámara dividida en varias naves por hileras de gruesas columnas. La parte central del techo era de ma­yor altura que las laterales.
La Sala de la Aparición: Allí se realizaban las ceremonias del culto, y a ella sólo tenían acceso los nobles y personajes de la corte.
La Sala del Misterio: Era el santuario, o morada del dios, y donde se guardaba su estatua y los tesoros que se le habían obsequiado. En esta cámara sólo penetraban el faraón y los sacerdotes encargados del servicio del ídolo.
Los templos egipcios y, en general, todas sus construcciones son verdaderas páginas de historia; en sus paredes y columnas se hallan grabados en jeroglíficos los principales episodios de la vida del país.

- Escultura. — Gozó de las mismas cualidades características que la Arquitectura: gigantescas proporciones y extraordinaria consistencia. Tuvo también sus mismos defectos: formas rígidas, carentes de ex­presividad y .de soltura de miembros. Sin mayores detalles y total­mente simétricas.
En los bajorrelieves los artistas no aplican las leyes de la pers­pectiva para la distribución de los planos y representan, de un modo simplísimo, de frente el cuerpo y de perfil los miembros y la cara. Entre los más notables aciertos de la escultura egipcia se halla la famosa estatua del Escriba sentado del Museo del Louvre de París, y el busto policromo de la reina Nefertiti, en el Museo de Berlín.

Mención especial merecen los Colosos egipcios, o sea las gigan­tescas estatuas de los faraones hechas en piedra a la entrada de los templos. Entre éstos son dignos de mención los numerosos Colosos de Ramsés II, los de Amenemat III, llamados de Memnón, y la Es­finge de Gizeh. Esta última, no lejos de las Grandes Pirámides, mide más de 30 metros de largo y 20 de altura. Entre sus patas delanteras se ha descubierto la entrada secreta que la comunica con un cemen­terio vecino.

Pintura. — Al igual que la escultura, sirvió como complemento de la arquitectura para decorar las paredes de los templos y palacios. El dibujo es simple y detallista en exceso; los colores vivos y sin matices.
La carencia de perspectiva y su inalterable simetría son sus carac­terísticas más notables. Los temas desarrollados suelen ser religiosos o bien escenas de la vida diaria.
Ciencia egipcia:
Más aún que por sus artistas, los egipcios tuvieron merecida fama en el mundo antiguo por el caudal de sus conocimientos científicos. Las clases dirigentes, y principalmente la casta sacerdotal, sobresalieron en el cultivo de:
Matemáticas: base de los cálculos necesarios para sus monumentales construcciones. Según se desprende de antiquísimos papiros poseían una especie de álgebra con la que obtenían las fórmulas geométricas de superficies y volúmenes.
    Astronomía: dividían el año en 12 meses iguales, a los que agre­gaban 5 días libres. Estudiaron y dieron los nombres a los planetas y a las estrellas visibles.
    Física: desarrollaron, con notable éxito, un sistema de hidráulica necesario para la canalización y regulación de las aguas del Nilo.
Química: con fórmulas propias y secretas, obtuvieron esmaltes y colores que se mantienen inalterables hasta nuestros días; así como también las sustancias necesarias para el embalsamamiento de los ca­dáveres.
Medicina: a cargo exclusivo de los sacerdotes, estaba íntimamente relacionada con la magia y la hechicería.

Literatura
Los numerosos papiros hallados en las tumbas y entre las ruinas de los palacios nos dicen que la mayor parte de la literatura egipcia tuvo principalmente carácter religioso; narraciones morales, tradiciones mi­tológicas y relatos históricos deformados por exageraciones y leyendas. Sobresalen entre todos, los Himnos celebrando las victorias de Tutmés III, y las conquistas de Ramsés II, así como el Poema de la coronación de la reina Hachesupt. También son notables las plegarias fúnebres en honor de Osiris, y que constituyen el "Perenru" o Libro de los Muertos.
Como para muchas otras cosas, el Nilo proporcionaba a los egipcios el material necesario para su escritura. Encolando y prensando las capas desplegadas de una caña muy abundante en el río, fabricaban los "pa­piros" y sobre ellos escribían con punzones de madera empleando tintas de varios colores y que aún en nuestros días —luego de 4.000 años-guardan todo su brillo.
Fueron los creadores de un sistema de escritura sumamente original; escribían de derecha a izquierda, dibujando pequeños signos con las siluetas de los objetos a los que se referían. Estos signos, ejecutados con gran habilidad, eran denominados "jeroglíficos" (hieros, sagrado; glyfos, signos), ya que por su gran complejidad se los empleaba pre­ferentemente en las inscripciones de los templos y tumbas.
En los papiros, en cambio, se solía emplear otro sistema de escri­tura, la "hierática", que no era otra que los mismos jeroglíficos pero de trazos más simplificados. Finalmente, a partir de la 20ª dinastía, los signos se simplificaron aún más, formándose la escritura "demótica" o popular, así llamada por emplearse principalmente para los usos de la vida diaria.
De modo que estos sistemas no eran tres escrituras diferentes, sino los mismos jeroglíficos pero con trazos más o menos simplificados.
La escritura egipcia fue durante muchos siglos uno de los grandes secretos de la Historia. Pero en el año 1800, los arqueólogos franceses agregados a la Expedición de Napoleón a Egipto hallaron en las pro­ximidades de Rosetta una piedra de granito con inscripciones en jero­glífico, en escritura demótica y en griego. Llevada la piedra a Francia, y tras ingentes esfuerzos, el joven arqueólogo Champollion logró des­cifrar la inscripción y establecer definitivamente la clave de los jero­glíficos. Con ello nació la "egiptología", una nueva rama de la Historia. A él y a sus continuadores: Máspero, Mariette, de Rouge y muchos más, debemos todo lo que el mundo conoce sobre la fascinante cultura desarrollada a orillas del Nilo en los albores de la civilización humana.

Fuente: Historia antigua y medieval, Ed.Stella, Bs.As., 1965


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