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12 de enero de 2017

Cuento: David Swan de Nathaniel Hawthorne



David Swan de Nathaniel Hawthorne 

Los humanos conocemos, aunque parcial e incompletamente, los acontecimientos que influyen en forma real en el curso de nuestra vida o nuestro destino. Hay, sin embargo, una serie innumerable de otros acontecimientos —si es que pueden llamarse así— que descienden oscuramente sobre nosotros y que pasan de largo sin producir ningún efecto y sin evidenciar su presencia o su proximidad, ni siquiera por un rayo de luz o una sombra dejada en nuestras mentes. Si conociéramos todas las vicisitudes de nuestro destino, la vida estaría tan plena de esperanza y de temor, de optimismo y desaliento, que no nos permitiría una sola hora de tranquila serenidad. Una página de la historia secreta de David Swan podrá ilustrarnos esta idea. 

La vida de David Swan no nos interesa hasta que nos lo encontramos, a los veinte años de edad, caminando por la carretera que conduce desde su lugar natal a la ciudad de Boston, donde su tío, un pequeño comerciante de especias, iba a emplearlo en el negocio. Baste decir que era oriundo de New Hampshire, descendiente de una familia respetable y que había recibido la corriente educación escolar con la consiguiente terminación de un año en la Academia Gilmanton. Después de haber caminado a pie desde la salida del Sol hasta cerca del mediodía de un día de verano, la fatiga y el creciente calor lo hicieron sentarse en la primera sombra que encontrara, a fin de esperar allí el paso de la diligencia. Como plantado a propósito para él, casi inmediatamente surgió ante su vista un pequeño grupo de arces con un claro en el medio y un manantial fresco y rumoroso, tan sugestivo todo, como si hubiera estado verdaderamente esperando a David Swan.  

El viajero besó el agua con sus labios sedientos y se tendió después a la orilla del manantial, envolviendo en un pañuelo alguna ropa y poniéndolo todo debajo de la cabeza a modo de almohada. El resplandor del sol no llegaba hasta él; de la carretera, empapada por la lluvia del día anterior, no se levantaba polvo ninguno, y su lecho de hierba era para el más joven caminante, suave y cómodo como un colchón de plumas. El manantial murmuraba levemente a su lado, las ramas oscilaban bajo el azul del cielo y un sopor profundo, cargado quizá de sueños, fue descendiendo sobre David Swan. Pero lo que aquí vamos a relatar no son los sueños de nuestro protagonista. 

Mientras él yacía profundamente dormido en la sombra, otra gente muy despierta iba y venía a pie, a caballo y en toda clase de vehículos a lo largo de la carretera inundada de sol. Algunos no miraban ni a la derecha ni a la izquierda y no se daban cuenta de que nuestro viajero dormía a la vera del camino; otros, miraban simplemente la carretera, sin admitir la presencia del durmiente entre sus afanosos pensamientos; otros, se reían al verlo durmiendo tan profundamente, y otros, en fin, cuyos corazones se abrasaban en la llama de la soberbia, lanzaban sus venenosas banalidades contra David Swan. Una viuda todavía joven y sin nadie en el mundo volvió la cabeza hacia la orilla del manantial, diciéndose que el adolescente respiraba un encanto indescriptible, sumido como estaba en su profundo sueño. Un predicador de la liga de la abstinencia miró también hacia él y llevó al pobre David al texto de su sermón de aquella tarde, poniéndolo como un caso repulsivo de embriaguez al borde mismo de la carretera. Pero lo mismo la censura que la alabanza, la alegría, el desprecio y la indiferencia, todo era igual, es decir, todo era nada para David Swan. 

No había dormido más que unos pocos momentos, cuando un carruaje de color pardo, arrastrado por un magnífico grupo de caballos, se inclinó levemente hacia un lado y fue a detenerse a la misma altura, precisamente, del lugar en el que se hallaba descansando David. Un perno del eje se había caído, haciendo que una rueda se saliera de su sitio. El accidente no revestía importancia y tan solo causó una alarma momentánea a un comerciante ya de alguna edad y a su mujer, que volvían a Boston en el vehículo. Mientras que el cochero y un criado se esforzaban en colocar de nuevo en su sitio la rueda, el comerciante y su mujer se acomodaron a la sombra de los arces, observando el curso del manantial y el profundo sueño de David. Impresionados por el aura de respeto que todo durmiente, aun el más humilde, derrama en torno a sí, el comerciante se retiró todo lo levemente que su gota le permitía y su esposa se esforzó en evitar el susurro de su vestido de seda, a fin de no despertar a David súbitamente. 

—¡ Qué profundamente duerme! —murmuró el comerciante— ¡Mira con qué ritmo respira! Un sueño así, producido sin narcótico ninguno, es para mí de más valor que la mitad de mi fortuna. Este sueño significa salud y una conciencia tranquila. 

— Y juventud, además —dijo la esposa—. Aun con salud, en la edad madura no se duerme así. 

Cuanto más lo miraban, tanto más interesado se sentía el matrimonio en el joven desconocido, para el que el resplandor de la carretera y la sombra de los arces parecían constituir algo así como un aposento retirado ornado de ricas telas. Al darse cuenta de que un rayo de sol le daba en el rostro, la esposa enlazó una rama con otra, con el fin de interceptarlo. Y al llevar a cabo este gesto de ternura, comenzó a sentirse como una madre frente al durmiente. 

—La providencia parece habernos traído aquí —susurró a su esposo— y habernos hecho encontrarlo, después del desengaño que hemos sufrido con el hijo de nuestro primo. Me parece incluso ver en él una semejanza con nuestro pobre Enrique. ¿No lo despertamos? 

—¿Para qué? —dijo el comerciante indeciso—. No sabemos nada de su carácter. 

—¡Pero... y ese rostro sin nubes! —replicó la esposa en voz baja también, pero en tono serio—. ¡Ese sueño inocente, sobre todo! 

Mientras el matrimonio hablaba así, ni el corazón del durmiente experimentó la más mínima emoción, ni su respiración se hizo más acelerada, ni, en fin, sus rasgos traicionaron el menor interés. Y sin embargo, la Fortuna estaba inclinada sobre él, dispuesta en aquellos momentos a volcar sobre su persona el cuerno de la abundancia. El viejo comerciante había perdido su único hijo y no tenía más herederos de todo su patrimonio que un pariente lejano, con cuya conducta no estaba satisfecho. En casos como este, los hombres acostumbran a realizar actos aún más extraños que el de representar el papel de mago bondadoso y despertar a la riqueza y al esplendor a un joven que se había dormido poco antes en la miseria. 

—¿No quieres que lo despertemos? —repitió la señora en tono persuasivo. 

—El coche está listo, señor —dijo a sus espaldas la voz del criado. 

El matrimonio enrojeció y se puso en marcha apresuradamente, admirándose ambos de que por un momento hubieran pensado en hacer una cosa tan ridícula. El comerciante se aisló en una esquina del carruaje y comenzó a meditar sobre el proyecto de construir un asilo magnífico para hombres de negocios arruinados. Mientras tanto, David Swan gozaba tranquilamente de su sueño. 

No se habría alejado el coche más de una milla o dos, cuando una muchacha linda y esbelta pasó por el camino con un paso saltarín, que indicaba cómo le iba bailando el corazón en el pecho. Quizá fue precisamente este alegre compás de su paso lo que hizo que —¿nosatrevemos a decirlo?— se le aflojara una de sus ligas. Dándose cuenta de ello, la joven se dispuso a remediar el inconveniente y se dirigió al bosquecillo de arces, donde, de pronto, se vio frente al joven dormido. 

Enrojeciendo hasta la raíz del cabello, como si hubiera penetrado en el dormitorio de un hombre, la joven se dispuso a alejarse en puntillas para no turbar el reposo del durmiente. Pero justamente en aquel instante un peligro se cernía sobre la cabeza de este. Una abeja, una monstruosa abeja, había estado zumbando todo el tiempo, unas veces posada en las ramas de los árboles, otras, reluciendo en los rayos de luz que se filtraban entre las hojas, otras, refugiándose en la sombra, hasta que, al fin, se posó precisamente en uno de los párpados de David Swan. La picadura de una abeja puede ser mortal, a veces. Tan valerosa como inocente, la joven atacó al insecto con su pañuelo, lo espantó y no paró hasta que lo vio alejarse debajo del árbol en cuya sombra dormía David. ¡Qué cuadro tan dulce e inocente! Cumplida esta buena acción, con la respiración entrecortada y el rostro encendido de rubor, la joven lanzó una larga mirada a aquel desconocido por cuya causa había luchado con un dragón alado. 

—¡Qué hermoso es! —pensó, y enrojeció aún más intensamente. 

¿Cómo podría ser que ningún ensueño de felicidad turbara la mente de David? ¿Cómo era posible que ningún presentimiento lo agitara permitiéndole ver a la linda viajera entre los fantasmas que poblaban su sueño? ¿Por qué, al menos, ninguna sonrisa de bienvenida iluminó su rostro? 

Había llegado ella, la mujer cuya alma, según una antigua y hermosa metáfora, era parte de la suya y a quien él, en todos sus vagos pero apasionados anhelos, había ambicionado encontrar un día. A ella solo podía amar con amor perfecto, lo mismo que solo a él podía recibir ella en las últimas profundidades de su corazón; y ahora su imagen se reflejaba en la fuente a su lado mismo. Si ella partía, la lámpara de la felicidad de David Swan no volvería a lucir ya sobre su vida. 

—¡Qué profundamente duerme! —murmuró la viajera. 

Y la muchacha partió, pero su paso no era ya tan saltarín y ligero como cuando llegó. 

Pensemos, además, que el padre de la joven era un comerciante muy floreciente establecido en un lugar cercano, el cual, a la sazón, buscaba un joven de las mismas condiciones aproximadamente que David Swan. Si David hubiera trabado conocimiento con la muchacha, una de esas amistades que se anudan en los viajes, es seguro que se hubiera convertido en empleado del padre con todas las consecuencias que ello hubiera significado para él. También aquí, pues, la fortuna —la mejor de las fortunas— había pasado tan cerca de él que su aliento lo había rozado; y, sin embargo, David no se había dado cuenta de nada. 

Apenas se había perdido de vista la muchacha, cuando dos hombres penetraron en el círculo de sombra de los arces. Ambos tenían facciones siniestras, puestas aún más de relieve por una especie de gorra que llevaban encasquetada hasta los ojos. Sus trajes estaban gastados por el uso, pero no parecían de cierta elegancia. Era una pareja de vagabundos y salteadores de caminos, acostumbrados a vivir de lo que el demonio les ponía al paso, y que se disponía a jugarse ahora a las cartas el producto de su próxima fechoría. De pronto, sin embargo, vieron a David durmiendo a pierna suelta y uno de los bandidos susurró al otro: 

—¡Pst! ¿No ves el hatillo que tiene debajo de la cabeza? 

El otro asintió con la cabeza, hizo un gesto con la mano y miró a su alrededor. 

—Apuesto una copa de brandy —dijo el primero— a que el muchacho tiene ahí o bien una cartera o bien un montón de monedas sueltas escondidas entre los calcetines. Y, si no, es seguro que las tiene en el bolsillo del pantalón. 

—Pero ¿y si se despierta? —objetó el segundo. 

—¡Tanto peor para él! —dijo su compinche, abriéndose la chaqueta y señalando el mango del puñal que llevaba a la cintura. 

—¡Vamos, pues! —murmuró en voz baja el otro. 

Los dos rufianes se acercaron al pobre David, y mientras uno dirigía la punta del puñal al corazón del joven, el otro comenzó a registrar el hatillo que tenía debajo de la cabeza. Los dos rostros siniestros y contraídos, en los que se reflejaba, a la vez, la culpa y el temor, tenían un aspecto tan horrible como para que David los hubiera tomado por enviados del infierno en el caso de haberse despertado súbitamente y haberlos visto inclinados sobre él. Es seguro que si se hubiesen visto en el espejo de la fuente, ni ellos mismos se hubieran reconocido. Pero David Swan dormía con un aspecto tan tranquilo, como cuando de niño reposaba en el regazo de su madre. 

—Tengo que quitarle el hatillo de debajo de la cabeza —dijo uno de los bandidos. 

—¡Si se mueve, lo liquido! —susurró el otro. 

En aquel preciso momento, sin embargo, apareció un perro olisqueando la hierba, el cual se quedó mirando sucesivamente a los dos salteadores y después al joven dormido. A continuación, bebió un poco de agua del manantial y partió corriendo. 

—¡Maldito sea! —dijo uno de los rufianes—. No podemos hacer nada ahora. Es seguro que el dueño del perro va a aparecer de un momento a otro. 

—¡Bebamos un trago y marchémonos! —dijo el otro. 

El que había esgrimido el puñal volvió a meterlo en la funda y sacó una especie de pistola, pero no de las que matan o hieren. Era un frasco de aguardiente, con un tapón metálico en el cuello, el cual adoptaba la forma de un arma de fuego. Cada uno bebió de él un largo trago y abandonaron el lugar con tales ademanes y riéndose de tal manera por el frasco de la fechoría, que cualquiera diría que la alegría les escapaba del cuerpo. A las pocas horas habían olvidado completamente todo el asunto, sin pensar siquiera que el Ángel del Recuerdo había escrito en el debe de sus almas el pecado de asesinato, con letras tan indelebles como la misma eternidad. En lo que a David Swan se refiere, su sueño continuaba siendo tan profundo y tranquilo como antes, plenamente inconsciente de la sombra de muerte que había rendido sobre él y sin sentir tampoco la llama de la nueva vida que había lucido al desvanecerse aquella sombra. 

Poco después, sin embargo, el sueño del joven dejó de ser tan tranquilo como antes. Una hora de reposo había borrado de sus miembros la fatiga que había pesado sobre ellos después de una mañana entera de camino. Ahora comenzó  a agitarse, sus labios se movieron sin pronunciar un sonido, murmuró algunas palabras como para sí y pareció dirigirse a los espectros que habían visitado su sueño en aquel mediodía radiante. De repente, se oyó el ruido de ruedas, cada vez más nítido, hasta que disipó, al fin, los últimos restos del sueño de David. Era la diligencia, David abrió los ojos, se puso en pie de un salto y de nuevo fue el de siempre. 

—¡Eh!, ¡cochero! ¿Puede tomar otro pasajero? —gritó. 

—¡Acomódate! —respondió el mayoral. 

David subió al vehículo y, sacudido por sus vaivenes y saltos, siguió alegremente el camino hacia Boston, sin tener ni la más leve idea de aquel tumulto de vicisitudes que, semejantes a un acontecimiento irreal, habían pasado a su lado. Ni sabía que la Riqueza había inclinado un momento sobre él su cuerpo dorado ni que el Amor había suspirado a su lado, ni que la Muerte había asomado también su cara lívida i junto a él. Y todo eso en aquella hora escasa en que había estado entregado al sueño. Dormidos o despiertos, los hombres no percibimos nunca la el paso alado de las cosas que "casi han sucedido".



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